viernes, 20 de mayo de 2011

"Que seria El plan sin el loco Juan”

La mañana inspira la tranquilidad que le sobra a Juan. Cada bocanada de humo hacía del aire matinal una mancha grisácea que rápidamente se disolvía. En cada una de las inspiraciones el THC (principal sustancia psicoactiva encontrada encontrada en la marihuana) recorría su cuerpo, hasta llegar a su cerebro y hacer de sus ojos enrojecidos reflejos de sus cuestionamientos, “¿Por qué el afán de la gente?” dice observando los carros pasar rápidamente por la calle 49 con carrera 10 del barrio “el plan”, en buenos aires y la gente que atiborra las calles desde muy temprano.
Juan Carlos Posada tiene 20 años de edad, y dice haber vivido mucho; generalmente se sienta en la acera de lo que en algún momento pudo ser la casa modelo de una urbanización, que por motivos topográficos tuvo que trasladarse a dos cuadras más adelante, sobre la carrera 9B, dejando solo esta casa semiconstruida, donde las personas que buscan espacios para el consumo de sustancias psicoactivas pueden encontrar refugio, según Juan, que la considera su segundo hogar, donde pasa el tiempo viviendo lo mucho que, dice, le aporta su vida.
Tras él se levanta una colina, en su cima se encuentra el rancho abandonado que antes hizo parte, en conjunto con estos predios, de la finca “La esperanza”, un pequeño valle de maleza que, dice Juan, “trae viejos recuerdos familiares”.
Frente a él se levantan las casas, muchas en obra negra, del barrio “El plan”, con calles estrechas y gentes por doquier que le dan un aire típico de suburbio. Los equipos de sonido suenan a volumen alto y como un simple ruido, pero después de aguzar el oído se logran entender las diferentes canciones, rap y reguetón en su mayoría.
Juan pasa tardes y hasta días enteros reflexionando lo que pudo y no ha sido de su vida, bajo los efectos de la marihuana y en compañía de su hámster Stuart.
Me cuenta, con ritmo lento al hablar, que todo empezó cuando su familia lo abandonó hace seis años. Cuando las balas enloquecidas arrancaban el sueño de los atormentados habitantes de “El plan”, y su familia, la madre, Carla Ramírez y dos hermanos, Hernan Posada y Luis Posada tomaron la decisión de trasladarse al pueblo El Santuario huyéndole a la violencia, mientras Juan, militando para ese entonces en “los VJs”, una de las bandas del sector, prefería quedarse luchando por lo que ahora considera falsos ideales. Quedó solo en su casa estrecha, de una piesa y una pequeña cocina de dos metros por cuatro aproximadamente.
Hoy solo observa, y sumergido en los efectos profundos del THC se ríe mientras vocifera maldiciones contra los que hoy pasan cerca de él “dando bala”; la gente suele mirarlo consternada cuando huyen despavoridas en medio de enfrentamientos entre las bandas del lugar y él se mantiene sentado en su butaca, esperando la solución a una vida libertina, “la muerte” dice él.
Saca regularmente un pequeño cigarro de marihuana, grueso y amarillento lo expone al fuego y lo sopla para facilitar la tarea de prenderlo, lo lleva a la boca. Silencio.
En la tarde, y en una de sus explosiones emocionales se levanta de su butaca, señala a la multitud indiferente y recita sus versos sonoros a modo de rap, la gente ya conoce al “loco Juan”.
Diario suele reunirse en el mismo lugar, y jugar una o dos horas parqués en las mañanas, en compañía de sus amigos, “todos de un mismo clan”, dice, apuestan dos o tres mil pesos y aprieta una cruz de madera que lleva colgando en su cuello. Sabe que esta está en juego su desayuno.
La gente pasa por su lado y él muy amablemente saluda aunque no siempre le contesten con la misma cortesía, “la gente me tiene miedo”. Juan dice no haber vuelto a levantar un arma, que en vez de eso rechaza las constantes propuestas que se le hacen para volver a la milicia. Él les dice no y por eso lo pueden matar.
La noche se acerca y Juan se convierte de nuevo en el centro de atención en su barrio, dentro de poco se iniciarán los tiroteos y resonará la intrepidez del joven vociferando improperios a los otros jóvenes que correrán cerca de él con un arma en la mano, la gente lo escuchará desde sus hogares y probablemente rezará para que esta vez no lo maten; muchos quieren seguir sintiendo su amabilidad y sus constantes monólogos “rapiados” al mejor estilo del barrio.
Todo esto vive Juan en un solo día, que se repite todos los días; En alguna ocasión un jovencito de escasos 14 años dijo en voz alta, “que seria del plan sin el loco juan”.

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